INOLVIDABLE MUJER


Cuando recuerdo el fallecimiento de mi madre, doña Casimira de las Mercedes Hernández de Ballesteros, viene a mi memoria la noche en que ella se despidió de su esposo, Carlos Antonio Ballesteros Hernández -quien para en aquel momento ya estaba ciego-, de la mayoría de sus hijos  -pues algunos para entonces estaban Cúcuta y San Antonio Texas (Estados Unidos)- y también estaba allí su nuera Mercedes González de Ballesteros.
En la mañana del que sería el último de su existencia - me pidió que informara a papá y hermanos que los esperaba a las 7 de la noche en la pieza del Hospital San José de Sogamoso, a la vez que pidió que el pastor de la Iglesia Asambleas de Dios, Anatolio Barreto, estuviera allí a la misma hora.
Yo, que en ese momento me desempeñaba como director de noticias en Radio Sogamoso, solicité a los directivos de la emisora me permitieran divulgar un aviso urgente convocando a los hijos de doña Casimira Hernández de Ballesteros hacerse presentes en el hospital a la hora señala, aviso que era necesario dado nos vivían en distintos sitios de la ciudad y una de mis hermanas en Nobsa. Mientras esto sucedía, los hermanos Rafael y Gilberto Moreno, expertos radiotelefonistas, daban cuenta a mis hermanos radicados en Estados Unidos, Cali y Tunja de la condición de salud de mamá.
Valga anotar que en la mañana  de este día había pedido al médico de turno que le quitaran las sondas que le ayudaban a respirar y suspendiera el suministro de los medicamentos que le aplicaban vía venosa porque -dijo- “ustedes ya nada pueden hacer”. El médico intentó no atender la solicitud de la paciente diciéndole: “Señora Casimira aquí estamos haciendo lo mejor para que sumercé salga adelante”, manifestación que mamá terminó agradeciendo, a la vez que resaltó los buenos servicios prestados por los médicos y enfermeras del centro hospitalario, pero terminó insistiendo en su demanda: “Por favor, doctor, entienda que usted y las enfermeras han hecho todo lo posible, pero en este momento ya nada pueden hacer”. El médico de turno terminó aceptando el requerimiento hecho por mi madre.
A las 7 de la noche de ese día, el que sería el último de mamá en esta tierra, estábamos los hermanos residentes en Cali, Sogamoso y Nobsa, junto a papá y nuestra cuñada Mercedes y el pastor Anatolio Barreto.
Mamá pidió a los hijos y papá hacer un semicírculo alrededor de su camilla y pidió al pastor Barreto estar al lado izquierdo de la cabecera de su lecho. Mientras esto ocurría ella advirtió que sus hijos dejaban escapar inocultables lágrimas que bañaban sus rostros, por lo que se atrevió a decirnos: “Hijos, no sean egoístas. Espero que entiendan que yo hice lo mejor que pude con ustedes y ahora me voy a descansar. Por favor no hay por qué llorar, entiendan que me voy a descansar”.
Inmediatamente empezó a aconsejar y dejar tareas a los hijos, como el de amar y respetar a las esposas, cuidar de sus maticas y de sus pajaritos, pagar una pequeñas deudas y reclamar algunos elementos caseros que había mandado reparar, trabajo por el que ya había pagado. Finalmente pidió al pastor Barreto acompañarla a recitar Salmos 23: “Jehová es mi pastor; nada me faltará.
Casimira Hernández de Ballesteros
En lugares de delicados pastos me hará descansar; junto a aguas de reposo me pastoreará.
Confortará mi alma; me guiará por sendas de justicia por amor de su nombre.
Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tú vara y tu cayado me infundirán aliento.
Aderezas mesa delante de mí en presencia de mis angustiadores; unges mi cabeza con aceite; mi copa está rebosando.
Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida, y en la casa de Jehová moraré por largos días”.
Al terminar de recitar el precioso salmo escrito por el
Rey David, mamá levantó las manos hacia el cielo, cerró sus ojos y expiró.
Mamá, que había nacido el 22 de diciembre de 1912, falleció el 11 de noviembre de 1978 dejando a sus hijos, nueras, yernos y nietos una admirable lección de vida.
Por muchos años fue hizo parte de la Iglesia Católica y trataba de seguir los ritos propios de esta religión, al igual que papá y sus hijos. Con el paso de los años, tras algunas visitas de su prima María de Jesús Chaparro, que para entonces había abrazado la fe cristiana, mamá le dio un vuelco rotundo a su vida espiritual. Terminó enamorada del Dios de las Sagradas Escrituras (La Biblia).
A partir de ese cambio, todas las mañanas se levantaba muy temprano y antes de preparar el desayuno para la crecida familia, apoyaba ambas rodillas contra el suelo y recostada en una vieja silla leía detenidamente textos bíblicos y luego con sus ojos cerrados dedicaba largos minutos orando al Dios que estaba conociendo. Luego se ocupaba en las labores caseras. En la noche, antes de irse a dormir, dedicaba un buen tiempo para leer la Biblia y tener comunión con Dios, a través de la oración, en la que suplicaba al Padre Celestial obrara en el corazón de papá y de sus hijos un cambio en su relación con él. Papá sí advirtió que el moriría en la religión de sus padres y -advertía- que cuando él muriera le  sacarán de su Iglesia Católica con los pies por delante.
Debo destacar que mamá una vez hizo al Señor Jesucristo como su salvador y guía de su vida se convirtió en una incansable ganadora de almas para el reino de los cielos. No desaprovechaba oportunidad alguna para compartir la Palabra de Dios y fueron muchas familias que rindieron sus vidas al Señor Jesucristo.        
Al recordar hoy a mamá, le agradezco al Padre Celestial que, gracias a su ejemplo y a las enseñanzas que nos impartió, desde los 10 años de edad empecé a conocer al Dios de La Biblia, el mismo que demandó “No tendrás dioses ajenos delante de mí. No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás a ellas, ni las honrarás; porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen, y hago misericordia a millares de los que me aman y guardan mis mandamientos” (Génesis pero 20: 3-6).
En Salmos 96:4-5 leemos: “Porque grande es Jehová, y digno de suprema alabanza, temible sobre todos los dioses. Porque todos los dioses de los pueblos son ídolos; pero Jehová hizo los cielos”.
En Salmos 135: 15-18 leemos: “Los ídolos de las naciones son plata y oro, obra de manos de hombres. Tienen boca, y no hablan; tienen ojos, y no ven; tienen orejas y no oyen; tampoco hay aliento en sus bocas. Semejantes a ellos son los que los hacen, y todos los que en ellos confían”.
En 1ª. de Corintios 6:9-10 se nos dice: “¿No sabéis los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios”.
En la epístola de Pablo a los Gálatas 5:19-21 leemos: “Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, Idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas; acerca de las cuales amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios”.
En síntesis, La Biblia, el libro sagrado que mamá nos enseñó a leer y vivir fue el más maravilloso de los regalos que ella dejó a sus hijos. Es cierto que no todos sus hijos hoy siguen sus enseñanzas; pese a esto abrigo la esperanza de que por la misericordia de Dios ellos llegarán a los pies del Señor Jesucristo dispuestos a retomar la senda que trazara nuestra inolvidable madre. A ella no podemos pedirle que interceda ante el Padre Celestial por los hijos que hoy no siguen las enseñanzas que ella con ejemplo vivo nos dejó porque los muertos ya nada tienen que ver con este mundo terrenal.
En el libro de Eclesiastés capítulo 9: 5-6 leemos: “Porque los que viven saben que han de morir; pero los muertos nada saben, ni tienen más paga; porque su memoria es puesta en olvido. También su amor y su odio y su envidia fenecieron ya; y nunca más tendrán parte en todo lo que se hace bajo del sol”. Así que las misas de aniversario que suelen pagarse por los difuntos es platica perdida.
Solo hay una esperanza para encontrarnos con quienes murieron siendo redimidos por la sangre que el Señor Jesucristo derramó en la Cruz del Calvario, y esa esperanza no es otra que reconocer que somos pecadores, y nos arrepentimos de todos nuestros pecados y hacemos al Señor Jesucristo el Salvador y Rey de nuestras vidas. Ese reencuentro será una realidad cuando el Hijo de Dios venga por segunda vez a este mundo a llevarse consigo a quienes fueron seguidores suyos, los ya muertos, y a los que en ese día extraordinario estén siendo parte de su rebaño.
También debo precisar que papá, no obstante su duro rechazo a conocer el evangelio predicado por el Señor Jesucristo, un año antes de morir rindió su vida al precioso Mártir del Calvario y su cadáver no salió “con las patas por delante”, como en su ignorancia religiosa lo demandó, sino despedido en ceremonia celebrada en la Iglesia Bautista de Sogamoso.
Agradezco a Dios por la inquietud que puso en mí para rememorar que en esa noche de noviembre de 1978 estábamos despidiendo a una verdadera y ejemplar hija de Dios: la señora Casimira Hernández de Ballesteros.
Y no olviden quienes leen este escrito: El señor Jesucristo es el ÚNICO CAMINO para llegar a Dios. Ninguna religión o iglesia salva. La religión ha sido el mejor invento del hombre para alejarnos de Dios. La Biblia no para tenerla engavetada o empotrada en atril en la sala de la casa y abierta en Salmos 91, a manera de amuleto, creyendo que ello les va a proteger de cualquier maldición. La Biblia es para leerla y  poner en práctica sus enseñanzas.

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